lunes, 15 de noviembre de 2010
Autoengaño
Sí, al fin me autoengañaba, porque sí me importó todo eso, absolutamente todo. Hubo un día en que por un detalle nimio, se desbordó el océano de resentimiento que tenía guardado, por haberme tenido que volver a Buenos Aires obligada hace ya qué se yo cuántos años, por no haberme recibido él cuando ya más grande e independiente me decidí a ir a verlo, por no haber sabido poner paños fríos a la situación y largarme como siempre al vacío sin medir las consecuencias que fueron graves y muchas, por haberme casado al fin con quien me casé y porque él se casó también diez o quince años después.
Desbordó el océano porque no soporté más esa pantomima que hacíamos de pareja que no era, que nunca fue, salvo seis meses de la adolescencia, se desbordó por su ausencia de atención hacia mí, su falta de demostración de que le interesaba algo más que un amor erótico verbal, me cansé de ser subestimada, humillada, nunca priorizada, me harté y desbordé en palabras, en frases, en páginas enteras de reproches y expresiones hirientes.
Él, como siempre, casi imperturbable, hasta que habló (o escribió, es lo mismo) y dijo sólo dos o tres frases que me destruyeron.
Luego por semanas, el silencio total.
Hoy, lo reintento, no sé si logré algo, pero es mejor creer que no, que todo terminó definitivamente como lo creí hasta ayer, porque la desilución me mata, me asesina y ya no la puedo soportar más.
Quiero quedarme con los buenos recuerdos, que fueron varios, algunos muy felices y dormirme cada noche sólo pensando en ellos, sin volverme a autoengañar.
Es preferible la más dolorosa verdad a la más cómoda mentira.
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